Soledad

sábado 20 de septiembre de 2008

Me gusta la soledad. La buena buena soledad. No esa barata que venden en parque constitución a cambio de tres monedas y un alma desesperada...

Heladeria II

domingo 31 de agosto de 2008

Habiendo superado la crisis nerviosa que me provoco la falta de ética que hoy en día tienen las heladerías que venden gustos totalmente grotescos, haciendo de dos cosas buenas (el helado y el café), una mala (helado de café). Opté por volver a una heladería, no sin antes haber tomado las precauciones básicas necesarias para dicho encuentro.
Una vez dentro del local, el dueño me saluda cordialmente y un instante después el heladero (que me cayó mal desde el principio) me pregunta:
-¿De que le sirvo jefe?
-Frutilla y Dulce de leche- Le conteste rápida y firmemente
A los pocos segundos me asomo por encima de lo que se podría llamar mesada, que separa al cliente del vendedor, y logro divisar al heladero indagando sobre un balde que contenía helado de dulce de leche. Inmediatamente le digo al vendedor.
-¿Que estas haciendo flaco?
-Le sirvo el helado que usted me pidió
-¿De que te pedí yo?
-Frutilla y dulce de leche
-Entonces poneme primero la frutilla y luego el dulce de leche
Ahí mismo me di vuelta y le dije a una señora que recién ingresaba y me miraba con cara de recién nacido.
-Lo que sucede aquí es que estos heladeros sin escrúpulos te sirven primero el helado de crema, el cual por su consistencia queda por encima del cucurucho y no lo llena completamente, quedándose de esa forma con parte del helado que usted pidió.
El heladero me interrumpe y trata de explicarme que por orden de su jefe, tiene que servirme primero el helado de dulce de leche y luego el de frutilla.
-Esta bien, entonces déme solo de frutilla-
El vendedor, enojado, empieza a servir helado de frutilla, cuando va por la mitad, lo freno y ahí mismo le digo.
-Bueno, ahora agréguele dulce de leche-

Heladeria I

sábado 2 de agosto de 2008

La semana pasada me encontraba paseando por las calles de Palermo acompañado de mi novia. Disfrutando un poco de su encantadora compañía y otro poco de la irresolución del clima actual, el cual esa tarde me adorno favorablemente.
Concluida una extensa caminata que abarcó desde el rosedal hasta el planetario, decidí invitarla a tomar un helado, sin antes haber recordado que hacia bastante tiempo que no me deleitaba con uno.
Lo que encontré una vez que entré a la heladería fue espantoso, había una enorme lista de no menos de 75 sabores (no exagero), que a su vez estaban divididos por diferentes categorías, a saber: agua, crema, especiales, tropicales, etc.
Había helado de café. Si, leyó bien, de café. Palabras como mantecol, flan y yogurt aparecían debajo de los sabores tradicionales. Pensando que me había equivocado de local salí a la puerta para ver si vendían helados y confirmé que no era yo el que se había vuelto loco.
Ahora yo me pregunto. ¿En que país vivimos señores? No puede ser que en pleno neoliberalismo aun existan heladerías tan poco serias capaces de vender cualquier porquería, siempre bajo el lema “sobre gustos no hay nada escrito”. Pero por favor, esa es una vil mentira. Todos sabemos que sobre gustos se ha escrito mucho, solo es cuestión de leer un poco mas. Además si quisiera café, me iría a un bar, como cualquier cristiano, si quiero comer un chocolatín me conformo con pedírselo al quiosquero. Lo mismo si se me antoja un flan con dulce de leche. ¿O no es así mozo? ah. Me olvidaba, ya que esta aquí tráigame otro café, un flan para mi novia y la cuenta por favor.

Internet en manos de idiotas es un arma de fuego

viernes 6 de junio de 2008


En plena globalización muchos ven Internet como uno de los mejores inventos del nuevo milenio, sin embargo Internet es un arma muy peligrosa. Sobre todo cuando se le da la posibilidad a cualquier "idiota" de que diga lo que quiera. Hoy en día, donde cualquiera puede tener un espacio para decir lo que sea sin ningún tipo de censura, la libertad de expresión esta creando un monstruo capas de armar una guerra. Y eso es un peligro.

Pero lo que mas me miedo me causa, es que no haya ningún tipo de burocracia a la hora de acceder a estos espacios donde cualquiera expresa su opinion abierta y publica. De esta forma, usted pueda estar leyendo un artículo donde se diga que un funcionario es corrupto, o que tal jugador de fútbol es acusado de pedofilo. Y quizá, usted sea lo suficientemente astuto como para no creer en esa información, pero de la misma forma que usted lee eso, también hay millones de personas (no tan despiertas como usted) que deciden creer en lo que leen. Esto genera una desinformación general (lo cual no seria tan grave) pero lo peor es que muchas veces se esta debatiendo sobre hechos y discursos de gente que jamás se ha enterado de que existe, en Internet, un espacio donde se dice algo sobre él, que no es cierto. Por eso, creo que hay que tener mucho cuidado con lo que se dice, sobre todo si no se sabe de lo que se esta hablando. Si usted esta leyendo esto, permítase desconfiar de cualquier información que ande circulando sobre Internet, sobre todo si la misma proviene de fotologs y blogs, y más aun si desconoce al autor.

Por ultimo, los que me conocen saben que no voy a terminar este breve pensamiento sin antes hacer uso de la humildad que me caracteriza, diciéndoles de esta forma que duden también de esto que están leyendo. Usen la cabeza, piensen y desarrollen miles de teorías pero no se queden sentados durantes horas frente a una computadora leyendo las barbaridades que otro (quien sabe quien) escribe para hacerte creer lo que quieren que crea.

INTERNET EN MANOS DE IDIOTAS ES UN ARMA DE FUEGO

Julio Cortazar - Perdida y recuperación del pelo

viernes 23 de mayo de 2008

Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.

Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.

Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio.

Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos pelo (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia en una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.

Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos producirá, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.

El ojo de dios

lunes 19 de mayo de 2008

Como nos desvanecemos
Frente al tiempo que
Con sus ojos nos destruye.
Y mientras cae la nieve
Sobre sus alas se nos van los sueños,
Esa sombra que se apoya sobre el viento
Nos invade y nos inunda
De la duda a la agonía
De la tierra a la poesía.
Y como todo se aleja,
Se vuelve opaca la ira,
Se desangra y después te olvida.
El regreso es imposible,
Toda vida se termina.
Pero aquí, desde el ojo de dios
Veo el mar y las cenizas
Es tan triste la salida.
En el ojo de dios
Todo surge tan deprisa,
No regresa, no te explica
Peregrina sensación.
En el ojo de dios,
Casi todo se divisa,
El alma anclada inmortaliza
La triste pena de existir

Cultura y Tragedia (Roland Barthes)

jueves 8 de mayo de 2008

De todos los géneros literarios, la tragedia es el que más marca un siglo, el que le da más dignidad y profundidad. Las épocas de esplendor, indiscutidas, son las épocas trágicas: siglo V ateniense, siglo isabelino, siglo XVII francés. Fuera de esos siglos, la tragedia —en sus formas constituidas— se calla. ¿Qué pasaba en esas épocas, en esos países, para que la tragedia fuese posible, fácil incluso? La tierra parecía ser tan fecunda que los autores trágicos nacían por montones, llamándose y provocándose unos a otros. Es fácil percibir que tal conexión entre la calidad del siglo y su producción trágica no es arbitraria. Es que en realidad esos siglos eran siglos de cultura.

Pero aquí debemos definir la cultura no como el esfuerzo de adquisición de un saber más grande, ni siquiera como el mantenimiento ferviente de un patrimonio espiritual, sino sobre todo, según Nietzsche, como «la unidad del estilo artístico en todas las manifestaciones vitales de un pueblo».

Así, comprenderemos que en las grandes épocas trágicas, el esfuerzo de los genios y del público se ocupaba no tanto del enriquecimiento de los conocimientos y experiencias como del despojo cada vez más riguroso de lo accesorio, la búsqueda de una unidad de estilo en las obras del espíritu. Era necesario obtener de y dar al mundo una visión sobre todo armoniosa —aunque no necesariamente serena—, esto es, abandonar voluntariamente un cierto número de matices, de curiosidades, de posibilidades, para presentar el enigma humano en su delgadez esencial.

Esta definición permite pensar que la tragedia es la más perfecta y difícil expresión de la cultura de un pueblo, es decir, una vez más, de su aptitud para introducir el estilo allí donde la vida no presenta sino riquezas confusas y desordenadas. La tragedia es la más grande escuela de estilo: ella enseña más a despejar que a construir, más a interpretar el drama humano que a representarlo, más a merecerlo que a sufrirlo. En las grandes épocas de la tragedia la humanidad supo encontrar una visión trágica de la existencia y, por una vez quizás, no fue el teatro el que imitó la vida, sino la vida la que recibió del teatro una dignidad y un estilo verdaderamente grandes. Así, en esas épocas, por este intercambio mutuo de la escena y del mundo, encontróse realizada la unidad del estilo que, según Nietzsche, define la cultura. Para merecer la tragedia es necesario que el alma colectiva del público alcance un cierto grado de cultura, esto es, no de saber, sino de estilo.

Las masas corrompidas por una falsa cultura pueden sentir en el destino que las abruma el peso del drama; se complacen en el despliegue del drama, e impulsan este sentimiento hasta poner drama en cada uno de los pequeños incidentes de la vida. Aman en el drama la ocasión de desbordar un egoísmo que permite apiadarse indefinidamente de las más pequeñas particularidades de su propia infelicidad, de bordar de patetismo la existencia de una injusticia superior, lo que aparta muy oportunamente toda responsabilidad.

En este sentido la tragedia se opone al drama; ella es un género aristocrático que supone una alta comprensión del universo, una claridad profunda sobre la esencia del hombre.

Las tragedias del teatro no han sido posibles sino en países y épocas en que el público presentaba un carácter eminentemente aristocrático, sea por rango (siglo XVII), sea por una cultura popular original (entre los griegos del siglo V). Si el drama (cuyo género decadente fue el melodrama, y uno se aclara por el otro) procede de la ganga cada vez más desbordante de las desdichas humanas, frecuentemente en lo que tienen de más pusilánime, la tragedia no es más que un esfuerzo ardiente de despojar el sufrimiento humano, reducirlo a su esencia irreductible, apoyarlo —estilizándolo en una forma estética impecable— sobre el fundamento primero del drama humano, presentado en una desnudez que sólo el arte puede alcanzar.

La tragedia no es tributaria de la vida; es el sentimiento trágico de la vida el que es tributario de la tragedia. He allí por qué las tragedias de teatro no han seguido esa suerte de evolución histórica que hace que de un estadio primero surja un estadio segundo más perfeccionado, y así sucesivamente. Para ello se hubiera requerido que la tragedia del teatro se implicase estrictamente en la lenta evolución de los siglos, imitase la transformación de las vidas y de las mentalidades y que, en las épocas de falsa cultura, prefiriera corromperse que morirse. No ha obrado así la tragedia; su historia no es sino una sucesión de muertes y resurrecciones gloriosas. Ella puede decrecer y desaparecer con la misma desenvoltura sublime con que apareció: después de Eurípides la tragedia se pierde (admitiendo que Eurípides fuese un verdadero trágico, lo que no hizo Nietzsche). Después de Racine no hay más que tragedias muertas, hasta el día en que nazca una nueva forma trágica —radicalmente distinta, a menudo irreconocible de la primera.

En las tragedias del teatro el interés no es el de la curiosidad, como en los dramas. El público no sigue, jadeante, las peripecias de las historias para saber cuál será el final. En las bellas tragedias el desenlace se conoce por anticipado; no puede ser otra cosa que lo que es: ni el poder del hombre, ni a veces el del Dios (y esto es propiamente trágico) pueden mejorar ni modificar la suerte del héroe. Y sin embargo el alma del espectador se aferra con pasión a la marcha de la pieza. ¿Por qué?

Es el milagro de la tragedia; nos indica que nuestra búsqueda más íntima no va al resultar de las cosas sino a su por qué. Poco importa saber cómo terminará el mundo; lo que importa saber es qué es lo que es, cuál es su verdadero sentido —no en el Tiempo, poder bien cuestionable y cuestionado, sino en un universo inmediato, despojado de las puertas mismas del Tiempo.

De todas las tragedias del teatro se desprendería, pues, la lección siguiente —si es que el arte puede enseñar algo—: el hombre, ese semidiós, tiene en el universo como marca distintiva su pensamiento, su deseo y su poder de conocimiento, fuente de riquezas sensibles y de sutiles acciones. Pero esa potencia electiva del pensamiento, al distraer gloriosamente al hombre del ritmo universal de los mundos, sin igualar sin embargo la omnipotencia divina, sumerge al alma humana en un sufrimiento indecible e incurable. Es de este sufrimiento que está formado nuestro mundo, el de nosotros los hombres.

La tragedia del teatro nos enseña a contemplar este sufrimiento bajo la luz sangrante que proyecta sobre él; o, mejor, a profundizar este sufrimiento, despojándolo, purificándolo; a sumergirnos en ese sufrimiento humano, bajo el cual estamos carnal y espiritualmente moldeados, a fin de recuperar en ella no sólo nuestra razón de ser, lo que sería criminal, sino nuestra esencia última y, con ella, la plena posesión de nuestro destino de hombre. Habremos entonces dominado el sufrimiento impuesto e incomprendido por el sufrimiento comprendido y consentido; e inmediatamente el sufrimiento se vuelve alegría. Así, Edipo Rey, el corazón abrumado por el raro dolor de haber involuntariamente matado a su padre y casado con su madre, porque acepta ese dolor sin dejar de sentirlo, porque lo contempla y lo medita sin intentar desprenderse de él, poco a poco se transfigura e irradia, él, el criminal, un brillo sobrehumano casi divino (en Edipo en Colono).

Sobre los escenarios griegos los autores llevaban coturnos, que los elevaban por encima de la talla humana. Para que tengamos derecho de ver tragedia en el mundo, es necesario que ese mundo calce coturnos y se eleve un poco más alto que la mediocre costumbre.

Todos los pueblos, todas las épocas, no son igualmente dignas de vivir la tragedia. Ciertamente, el drama es generosamente dispensado a través del mundo. La tragedia es más rara, pues no existe en estado espontáneo: se crea con sufrimiento y arte; presupone de parte del pueblo una cultura profunda, una comunión de estilo entre la vida y el arte. Lo propio del héroe trágico es que mantiene en sí, tanto más por cuanto que es gratuito, «el ilustre encarnizamiento de no ser vencido» (Hugo).

Hace falta, pues, una gran fuerza de heroica resistencia a los destinos o, si se prefiere, de heroica aceptación de los destinos, para poder decir que es tragedia lo que un hombre o un pueblo crean en su vida.

Así, nuestra época, por ejemplo: ella es ciertamente dolorosa, hasta dramática. Pero nada dice aún que sea trágica. El drama se sufre; la tragedia, en cambio, se merece, como todo lo grande.


Philippe Roger, autor de un ensayo sobre Roland Barthes, ha encontrado este texto olvidado del escritor. Fue publicado en 1942 en una revista de estudiantes. Roland Barthes tenía entonces veintisiete años.